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Entrada de blog8 min de lectura · 25 de junio de 2026 · Actualizado 25 de junio de 2026 · 6 visitasPersonalizar el estilo del texto

Final: fiesta y descanso

Última parte de nuestro viaje a Japón, visitando Kioto y de vuelta Tokio.

Nuestro viaje continuaba con Kioto. Después de otra siesta en el Shinkansen, llegamos a una estación extremadamente concurrida. Por suerte, el hotel estaba cerca. En el barrio había muchos restaurantes, y casualmente, fuimos a comer al único sitio donde nos hicieron esperar en todo el viaje. Aunque la tempura estaba riquísima. El hotel estaba muy bien: teníamos dos habitaciones con literas, todo modernizado. Tenían una librería de más de dos mil libros en japonés, y me compré dos que tenían traducciones en inglés de recuerdo.

Pol se quedó trabajando y nos fuimos los tres a pasear. Cerca había un templo enorme que, aunque estaba cerrando, se podían ver los jardines; la sesión de fotos de Eloi quedó perfecta. Después, empezamos a caminar hacia el centro. El camino subía a lo largo de un río, bordeando casas diminutas y callejones estrechos. Era muy pintoresco; podría haber sido una postal panorámica.

El centro, aunque precioso aún, estaba arrebatado de turistas. Era más difícil pasear, y en todos sitios había alguien intentando que fueras a su restaurante (esta vez no caímos). Hicimos una caminata buena y volvimos a cenar cerca del hotel, decidiendo ir a dormir temprano.

Al día siguiente, fuimos a Uji, una ciudad más pequeña a las afueras de Kioto. Había un templo con sus jardines, con un museo dentro con budas voladores. Valían la pena, eran muy bonitos ambos. Pero lo más bonito era la ciudad. Se estrechaba a lo largo del río con una isleta con mini espigones; podías quedarte a pasear toda la mañana a pesar de su pequeño tamaño. Además, el tiempo acompañó. Comimos en un kaitenzushi, sushi en cinta giratoria, donde los nigiris pasan delante de ti y escoges el que quieras. Parece que vas a comer poco y acabas comiendo un montón. Muy guay la experiencia para hacerla de vez en cuando.

Luego visitamos Fushimi Inari, uno de los templos más famosos de todo Japón, donde cientos de puertas Tori se alzan formando una especie de túneles. Una idea muy espectacular, y por lo tanto, está plagado de turistas, pero rápidamente nos desviamos para caminar más apartados y llegamos a un bosque de bambú precioso que acababa en una especie de cascada abandonada.

Después de todo el pateo, volvimos al centro de Kioto y fuimos al museo imperial que, aunque estaba cerrado, los jardines eran enormes. Tan grandes, y tan fuerte pegaba el sol, que vimos la mitad y nos fuimos a tomar algo. El sitio era monísimo, estilo familiar, y comimos un pollo y tomamos unas cervezas. Para contrarrestar, volvimos cerca del hotel e hicimos un buffet libre de parrilla y lemon sour, que tenía el tirador en la mesa misma (aunque Eloi y yo bebimos birra). Comimos y bebimos hasta que no nos dejaron más, literalmente. La camarera me dijo que mi japonés era bueno, aunque fue antes de que empezáramos a discutir sobre impuestos en castellano.

Motivados después de beber mucho, cogimos un taxi a una zona de bares de la ciudad. Pol y Juako querían intentar cumplir su sueño de salir de fiesta, pero lo que realmente sucedió es que nos dimos cuenta de lo viejos que estamos cuando conocimos a unos australianos que tenían veinte años. El taiwanés intentando decir “el que no apoya, no folla” era surrealista también. Acabamos yendo a otro bar, y después de una parada exprés en el konbini, nos fuimos a casa. Estábamos muy cansados, pero lo pasamos muy bien.

Me despierta un dolor de cabeza inexplicable. Tomamos una decisión unánime tácita de tomarnos el día muy tranquilamente, dormir hasta tarde, comer algo, y dormir más. Por la noche, nos fuimos a dar una vuelta por un parque inesperadamente precioso, y cenamos varias cosas del konbini en la cocina del hotel antes de ir a dormir. Los días tranquilos son necesarios a veces.

Comienza la última parte del viaje, cerrando su círculo mal dibujado en Tokio, aunque esta vez nos quedamos en Shinjuku. La diferencia con nuestra primera estancia es brutal: edificios altísimos llenos de carteles de promoción, turistas a rebosar y gente tratando de convencernos para ir a clubs de striptease. No es mi zona favorita, a ser honestos. Es impactante el ambiente, pero prefiero mil veces las zonas más tranquilas.

Nos intentamos desviar hacia unos parques que vemos en el Maps, y atravesamos Koreatown, donde comimos Ssam, una especie de fajitas, pero en vez de tortillas o pan, se envuelve la proteína en lechuga. Los parques estaban bien, aunque en obras, e incluso conseguimos escalar un monte (era más una escalera que un monte). Después de todos los sitios increíbles que hemos visto en el viaje, es más difícil sorprendernos.

Al final, el viaje ya pasando factura, volvimos al hotel pronto. Pero antes, nos despedimos de Juako, que se volvía a los Países Bajos al día siguiente. El viaje principal, los cuatro juntos, acaba aquí. Ha sido increíble. A nosotros tres nos queda un bis de un par de días, que intentaríamos tomarnos con calma (o no).

El primer día los tres solos, cogemos el tren y nos alejamos del tumulto. Fuimos a visitar dos barrios distintos que, aunque menos concurridos, se parecían bastante al centro. Vimos un parque muy bonito donde niños se pegaban con espadas de goma, y pegaba un calor deshidratante. Comimos un entrecot muy bueno mirando a la pared, y volvimos caminando al centro. Descansamos un rato y paseamos por el barrio, alucinados por la cantidad de gente cruzando la calle a cada momento. Acabamos cenando ramen, definitivamente el mejor del viaje, discutiéndonos que no lo llamemos sopa. Nos vamos a dormir pronto después de observar el panorama nocturno de Shinjuku.

El último día antes del vuelo, decidimos hacer unas compras finales, y yo tenía un objetivo que llevaba en mi mira todo el viaje: comer anguila. A pesar de que el barrio no tenía muy buena pinta y de que nos preguntaron dos veces en cincuenta metros si conocemos (o queremos ir) a un sitio de masajes “sexy”, el sitio que encontramos en internet era perfecto. Enterrado entre carteles por fuera, por dentro parecía otro mundo. Tradicionalmente japonés, todo de madera. Pedimos un menú de anguila y nos sorprendió gratamente; estaba espectacular. Tal vez el sitio más caro del viaje, pero valió la pena. Más tarde nos enteramos de que estaba bien de precio, al ver cuánto valía la anguila en un mercado local.

La noche anterior, habíamos leído que se acercaba un tifón del sudeste asiático a Tokio, y tenía previsto llegar mañana. Nos despertamos con un mail de vuelo cancelado, aunque nos asignaron uno nuevo. Yo salí ganando; me quitaron la escala por un vuelo directo a Viena, pero los chicos lo tenían más complicado. Mr. llego-cinco-horas-antes-al-aeropuerto Pol se estresó, pero reforzó su carácter superándolo rápidamente.

El lado bueno del tifón es que el calor bajó considerablemente, y había un viento fuerte pero agradable. Fuimos a tomar un café, que se convirtió en una cerveza, que se convirtió en una tarde entera de beber cerveza de 1,5 € en un sexto piso comiendo yakitoris y demás platos de pollo. Estuvimos horas hablando de pelis, música, libros… Prometimos hacer un podcast que no se hará nunca. Así son los momentos buenos de verdad; nunca hay que perder la ilusión. Muy buena manera de cerrar el viaje.

Cuando desperté, había dormido cuatro horas. Los nervios del tifón, que no había cesado de arreciar toda la noche, más las cervezas, no fueron una buena rutina para dormir. Al ver la calle a las siete de la mañana, pedí prestado un paraguas para ir a la estación que no pude devolver (gomennasai), y aunque me empapé igual, llegué con tiempo de sobra al aeropuerto. Por culpa (o gracias) al tifón, estaba desierto, completamente inesperado después de los últimos días.

Finalmente, mi vuelo despegó. Se me hizo eterno por culpa de no poder echar ojo, y aterricé en Viena sobre las siete de la tarde. Fui rápido a casa y le di un beso a Ainara y a Kal, y aunque estaba cansadísimo, tenía muchas ganas de contarle el viaje por encima y darle unos regalos.

Solo cabe decir que lo pasamos estupendamente bien; no había universo en el que no fuera el caso. Japón venía con muchas expectativas y las superó. No porque nos sorprendió la gente, o los templos, que también, sino por la cantidad de contrastes. Edificios enormes y barrios enanos. Tumulto de gente y silencio absoluto. Luces de neón y gritos, y cementerios y templos de madera. La naturaleza era preciosa; podíamos pasear por horas. La comida, a duda de nadie, buenísima. La gente muy simpática. Todo salió bien. No sé si por Japón, o por haber estado casi tres semanas de vacaciones, a ocho horas de diferencia del trabajo, con actitud de disfrutar y descansar.

Definitivamente volveré. Mi japonés necesita mucha más práctica, no es una excusa. Ya sabemos lo que nos gusta y lo que no, pero solo hemos rozado la superficie de lugares a conocer. Tokio no te la acabas nunca; los bosques tampoco.

Lo que sí tengo claro es que no podría haber escogido mejores compañeros de viaje. Todo lo hacíamos con ganas, risas y conversación. Ha sido una experiencia única e inolvidable, pero tres semanas juntos en cualquier lado también lo hubiera sido. Podemos estar en Tokio, en una calle desierta o en medio de la nada que, estando juntos, estaremos bien.

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