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Entrada de blog10 min de lectura · 19 de junio de 2026 · 6 visitasPersonalizar el estilo del texto

Caos y tranquilidad

Segunda parte de nuestro viaje a Japón, pasando por Hakone, Osaka y Okayama.

Nos despertamos después de dormir cinco horas y hacemos el check-out. A las diez es muy pronto. Vamos a la estación central de Tokio a coger el tren a Hakone, pero es pronto aún, así que dejamos las maletas en un locker y vamos a pasear y comer algo, a pesar de que llueve. ¡Vamos a un centro Pokémon! Cute, tampoco para tanto. Es más impresionante pasar de un edificio a otro a través de un pasillo colgante en el sexto piso.

El tren regional a Hakone son solo un par de horas. Hakone es un pueblo hermoso, pequeño y rodeado de naturaleza, con un río ancho que lo cruza; aunque no sabíamos que era tan turista. En el hotel nos espera algo único: las habitaciones con tatamis, los futones preparados, la mesita a nivel del suelo. Como en las películas. Que el staff te secuestre los zapatos al entrar es también una experiencia.

Lo que más nos llama es el onsen, baño termal japonés, que Pol lleva ansiando todo el año. Nos ponemos el yukata, con el obi (cinturón), y después de las fotos de iniciación, vamos a bañarnos. Hay dos baños, uno más pequeño y uno más grande, separados por géneros, decidiendo cuál es cuál en un horario fijo. Dentro de cada uno, hay un baño interior y uno exterior. Nos desnudamos y vamos al exterior. Está ardiendo; Pol incluso hace una toma falsa. Pero acaba siendo muy relajante. También el concepto de ducharse sentado nos encanta. Yo, a pesar de ser el que menos tiempo está, podría acostumbrarme a usarlo.

Después, decidimos ir a pasear y a cenar. El pueblo es bonito; compramos algunos souvenirs y unos mochis, y en seguida lo hemos recorrido entero. Vamos a cenar yakiniku, parrilla japonesa, y a probar la carne Wagyu. En el restaurante, nos ponen una mesa con puertas correderas que da ambiente de intimidad. Pedimos, literalmente, un barco de Wagyu y probamos diferentes cortes. No está mal, muy buenos algunos trozos, y otros demasiado grasientos. Intentaríamos evitarla todo el viaje, es demasiado cara para lo que es. Volvemos al ryokan y onsen de buenas noches.

El día siguiente avecina lluvia. Después de no dormir del todo bien en el suelo (para sorpresa de nadie), vamos a pasear un rato bajo las nubes. Nos perdemos un poco por la montaña, visitando santuarios pequeños con sus cementerios, que dan paso a una muy buena vista.

Después de comer hacemos siesta y decidimos que para cenar, nos quedamos en la habitación del hotel cenando comida del konbini. El día anterior, habíamos visto que tenían una gran cantidad de cervezas locales, una buena excusa para hacer una cata. Compramos doce cervezas distintas y un montón de comida. Acaba saliendo más caro que ir a cenar fuera, a decir verdad. Pero vale la pena.

Acabamos pasando más de cuatro horas, los cuatro sentados en el suelo alrededor de la mesita japonesa, comiendo y probando cervezas a las que les falta sabor, mientras hablamos de mil cosas distintas como política, amigos, que bandas vivas o muertas nos gustaría ir a ver, relaciones y más música. Realmente certifica algo que ya sabía: podemos estar los cuatro en cualquier lado que siempre se convertirá en una ocasión fantástica. El onsen antes de ir a dormir acaba sellando la experiencia. Uno de los highlights ocultos del viaje, a mi parecer.

Al amanecer, toca coger el Shinkansen (tren bala) por primera vez. Nos despedimos de Hakone y vamos a Odawara, una ciudad por donde pasa el Shinkansen. No nos da tiempo a ver la ciudad, pero vemos muchos vecinos vendiendo verdura fresca, mostrada en estanterías de madera sin dependiente. Nos pareció curioso.

Cogemos el tren en dirección a Osaka. El tren es caro, pero cómodo y rápido; además, nos permite dormir un rato. Al llegar e ir hacia nuestro hotel, pasamos por el tumulto que es Dotonbori. Antes, habíamos estado en el metro de Osaka e iba tan lleno que casi no podíamos ni vernos. El barrio en el que nos deja el metro es de similar sensación. Una calle ancha con edificios altos llenos de carteles de publicidad y comida, vendedores ambulantes que llaman a los turistas, tan exitosos que hasta tienen cola a pesar de haber uno distinto cada diez metros, y una cantidad de gente inhumana. Al ir con las maletas, el agobio me encuentra rápidamente.

Al llegar al hotel, observamos que está en frente de un prostíbulo y se entra por un pasillo secundario que rivaliza en belleza con un vertedero. No hay nadie para recibirnos; la puerta está abierta con la llave dentro. Al menos las camas están bien, aunque el baño es tan pequeño que las rodillas chocan con la puerta al cerrarla. Pero todo esto no es importante ahora mismo, tenemos hambre.

Nos comimos el primer ramen del viaje en una calle perpendicular a Dotonbori. Estaba bueno, aunque sigue siendo una sopa, ¿no? Nos intentamos alejar del tumulto y nos vamos a pasear por calles llenas de tiendas de ropa vintage, pero nos decepcionamos al ver los precios. Uniqlo continúa ganando. De camino ahí, vemos la calle más concurrida que he visto en mi vida. No sé si la gente podía respirar. Y de vuelta al hotel, vemos una calle llena de novias (y novios) de alquiler. Osaka me parece bizarro.

Aunque tiene sus contrastes, también. Entre las calles mega-concurridas, vemos callejones estrechos con muy poca gente llenos de bares, donde tomamos una cerveza artesanal en un sitio donde solo se puede pagar con efectivo. Y, a pesar de que odiamos el hecho de que un trabajador nos venga a saludar para que intentemos comer en su restaurante (si no dijeran nada, igual vamos, pero ahora no quiero), acabamos comiendo una parrilla de carbón, tomando cerveza en una caja de frutas y sentados en barriles. Pol incluso se hizo amigo de un italiano que le convenció para ir a visitar el norte de Japón porque el manga es más barato. Muy linda experiencia.

Después de cenar, vamos a un centro recreativo que Juako había visto en internet, donde jugamos diez minutos al basket y al volley; suficiente para convertirse en competitivo. También había un piso de máquinas de arcade. Acabó siendo muy divertido, aunque el neón y la música alta nos terminó taladrando la cabeza.

El día siguiente es otro día de despertarse tarde, y vuelve a ser necesario. Primero, vamos hacia el castillo de Osaka. Los jardines que lo rodean son inmensos, y al igual que el castillo, están llenos de gente. La entrada al castillo tiene una cola larguísima y decidimos no entrar. Mientras nos paramos a observarlo desde la muralla, un señor nos oye hablando castellano y quiere practicar con nosotros; sonriente nos pregunta qué tal el tiempo de hoy y cuál es nuestra comida favorita. Al final lo necesario para aprender es el coraje. Muy tierno.

Después, decidimos ir a pasear por un barrio distinto, más alejado del centro y el caos de ayer. Comemos tranquilamente por la zona, y vamos a pasear sin prisa por la orilla del río que cruza la ciudad, abrazados por edificios que tocan el cielo. Después de más café, investigamos un poco por internet y nos vamos a comprar un recuerdo permanente, en el cuarto piso de un edificio que por dentro parece un garaje, pero con clase. La pequeña nube simboliza la suerte y la fortuna en los templos japoneses, pero en definitiva, queríamos hacernos un tatuaje juntos. Lo único que hizo fue abrirnos el mono de hacernos más, y consecuentemente, unirnos.

Acabamos cenando un descubrimiento estupendo: okonomiyaki. Una tortilla de huevo y col japonesa mezclada con proteínas que se acaba de cocinar en la mesa, delante tuyo. Este es el único sitio en el que hicimos cola para comer en todo el viaje, y nos encantó a todos.

Al despertarnos, fuimos rumbo a Nara, una ciudad un poco más pequeña. Nara fue la antigua capital de Japón, y en la actualidad es famosa por sus ciervos, que pasean libremente por el parque y a veces la ciudad. También es famosa por los turistas. Los ciervos son bonitos, divertidos mientras persiguen a los visitantes para que les den más galletas, pero con un rato es suficiente.

El parque es espectacular, con varios templos a los alrededores, pero hay muchísima gente en todos lados. El templo principal tiene una cola tan grande que, a pesar de empezar a hacerla, decidimos abandonarla al imaginar la multitud en su interior. Cuando nos desviamos un poco, casi no había nadie, probando que somos buenos turistas. La tranquilidad que se respiraba se reflejaba en la naturaleza y en los animales, dormidos o relajados en el césped alrededor de un lago. La mejor parte sin duda.

Al volver a Osaka, paseamos un poco y fuimos a cenar y tomar algo a una taberna enana llena de locales. Cenamos ramen y buffet de bebidas. Después, fuimos a un pub a jugar al billar. Pol no vino; empezó su semana de trabajo. Se pasaría las próximas cuatro noches trabajando en un local, mientras nosotros paseábamos o descansamos. El precio del éxito. Gané yo al billar y Juako nos destrozó al ping pong (habilidad prácticamente requerida en ventas). Siempre los mejores momentos son los que acabamos hablando de cualquier cosa.

A la mañana siguiente, cogimos el Shinkansen a Okayama, una ciudad mucho más pequeña que las que habíamos visitado hasta ahora, aunque aún con sus edificios altos. Acabamos visitando un castillo muy bonito, con su historia inentendible (para nosotros) de los señores feudales de la zona; aun así, descubrimos que somos muchos más altos de lo que eran ellos (por fin!). Korakuen, el parque lo rodeaba, es probablemente el mejor parque que he visitado en mi vida. Estaba perfectamente cuidado, con estanques y puentes, mini santuarios y salas de té, y hasta un diminuto bosque de bambú. Muy recomendable por mi parte. Pagaría entrada alegremente si todos los parques fueran similares.

Por la noche, paseamos a lo largo del río y cenamos en un izakaya buenísimo donde probamos muchas cosas nuevas. Ya de por sí, el otoshi (cargo de mesa, una especie de tasa que cobran como por cubierto, y a cambio te dan una tapa; a veces es muy buena, y a veces es col seca) era algo que aún no sabemos qué es. Pedimos a ojo: aleta de tiburón, gambas crudas y demás cosas varias. Todo estaba increíble, y el ambiente acompañaba. Volvería seguro. Finalmente, a dormir. Otra vez toca futón.

Al despertar, llovía. Con una sola mirada a la calle, decidimos rápidamente tomarnos el día con tranquilidad. Después de un intento fallido de ir al gimnasio (de qué sirve tener un gym sin staff si no podemos pagar el increíblemente caro pase de día), nos fuimos de compras bajo unos paraguas transparentes.

Acabamos comiendo en un restaurante que tenía literalmente de todo: sushi, sopa, pulpo, cerdo, carne, gambas y más sushi. La comida se alargó durante horas, con muchas bebidas, mientras formamos un club de debate semi-oficial. Este se continuó en otro bar cerca del río de ayer, hasta que acabamos reventados y compramos algo de cena para contrarrestar la cerveza. Lo pasamos realmente bien. Probablemente, Pol sufrió bastante trabajando esa noche. Dudo mucho que se arrepienta.

Al final, Okayama nos gustó mucho, prácticamente por el hecho de que había pocos turistas, y disfrutando de tener un par de días de calma después del caos de Osaka. Un buen punto a tener en cuenta para el próximo viaje.

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