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Entrada de blog12 min de lectura · 16 de junio de 2026 · 10 visitasPersonalizar el estilo del texto

Inicio del viaje a Japón

Primeros días de nuestro viaje a Japón, con nuestra primera visita a Tokio.

El viaje empezó con ilusión, pero con desconfianza. Después de un año planeando, no me podía creer que había llegado el momento de nuestro viaje a Japón.

Me despierto a las 4:30 de un domingo fresco en Viena previo a la ola de calor, nervioso a más no poder. Me despido de Ainara y de Kal y bajo a coger el Uber que había reservado.

Me espera ya un primer desafío: el conductor quería hablar todo el trayecto, y a las cinco de la mañana, habiendo dormido muy poco, es pedir mucho que me ponga a hablar en alemán. Después de darme cuenta de que el hombre se estaba quedando dormido al volante, cojo yo la iniciativa de la conversación, a ver si ayuda. Por suerte, acabamos el viaje trambólico sin problemas.

El aeropuerto está lleno como no lo había visto antes, a pesar de ser las 5:30 de la mañana, pero todo pasa sin problemas. El vuelo a Londres transcurre rápido, y al llegar, cambio de terminal vía bus. Decido ir al baño mientras espero a los chicos, que su vuelo llegaba más tarde. Me los encuentro en el baño, ¿dónde si no?

Empieza el viaje, a medias. Una cola de seguridad enorme, y una caminata por toda la terminal mientras buscamos un Wetherspoons para tomarnos una Guinness, primera cerveza de muchas. Después, nos preparamos para el vuelo. Se vienen catorce horas de tener el culo plano, leer a Dostoyevski e intentar dormir. La comida no está tan mal, y consigo cerrar los ojos un rato.

Aterrizamos y seguimos sin registrar que estamos aquí ya. Control de pasaportes y primer “arigatou gozaimasu” del viaje, casi tantos como cervezas. Cola para comprar la tarjeta de transporte público (muy buena decisión en retrospectiva) y nos dirigimos dirección al primer hotel de seis: Akihabara.

Hay gente en el transporte público, pero es manejable; nada que no haya vivido en Viena. Llegamos a una estación gigante, como veremos que así son todas las japonesas, y caminamos hacia el hotel. Pasamos por un callejón lleno de tiendas y sitios de recreación de todo tipo, pensando que ya estábamos en el Tokio de las películas y el anime. Pero rápidamente nos alejamos, y en cinco minutos estamos en un barrio residencial, con calles estrechas, casas bajitas y coches aún más pequeños (pero adorables). Nos asombra la poca gente que hay en la calle, y aún más la condición de los cables eléctricos. Se ve que por los terremotos, no se pueden poner bajo tierra, así que están todos por encima. Hay una barbaridad de cables, que parecen haber sido instalados ayer apresuradamente.

El hotel no está listo para el check-in, así que nos vamos a comer algo. Pol busca un sitio en internet rápidamente, pero llegamos a la puerta y vemos que está dentro de un edificio, y la entrada nos evade. En este punto del viaje, no sabemos que esto es normal. Pero una calle antes, habíamos visto la puerta corredera de lo que parece ser un restaurante, así que reculamos y vamos.

Entramos en el que, en mi opinión, es el restaurante más mono del viaje. Al primer intento, encontramos un sitio cubierto en madera, con puertas corredizas y sin una palabra en inglés, ni en los menús ni de los trabajadores. Habrá que ver si el año de Duolingo me preparó bien. Spoiler: no.

Aun así, con la ayuda de nuestro futuro mejor amigo Google Lens, conseguimos pedir cuatro menús y cuatro cervezas. Esta última está buenísima, fría y sienta genial después del trayecto; además me encanta que sirvan una botella de medio litro pero un vaso de menos de un tercio para acompañarla. Lo puedes llenar tres veces, o cuatro. Muy mono.

Los menús llegan en una bandeja como sacada de una serie de televisión. Bol de arroz, bol de sopa y cuatro mini platos con comida, de los cuales no sabíamos que eran tres de ellos. Estaba muy bueno igual. Estableció el nivel de lo que podemos esperar del viaje. Y gastamos doce euros cada uno. Increíble.

Vamos al hotel a dejar las cosas. La habitación está bien: parquet para caminar descalzo (obligatorio), dos camas grandes, un baño decente y una cocina que no va a ser usada en ningún momento. Más que suficiente. Nos cambiamos a pantalones cortos, después de ver el calor que estaba haciendo, y nos vamos a explorar.

Las calles son bonitas; no muy amplias pero lo suficiente para los coches japoneses. Cada casa que vemos es más pequeña que la anterior, bajitas y estrechas, como puestas una tras otra en un videojuego de simulación.

Pero poco a poco nos acercamos al centro de Akihabara, de nuevo cruzamos la estación de antes y llegamos a otro mundo. Edificios altos, como rivalizando entre ellos, van apareciendo ante nuestros ojos. Cada uno con numerosos carteles indicando nombres, ofertas, happy hour o lo que sea que no comprendemos, con un desdén total por el minimalismo; si no ponen más caracteres es porque se han quedado sin espacio.

Nos pasamos las siguientes horas en diferentes tiendas de anime, videojuegos y manga. Primer muñeco de Pokémon comprado. Es divertido, o más bien impactante, para una tarde. No es necesario volver a ir. Aunque seguro que Pol quiere comprar más tomos de One Piece. Es increíble la cantidad de cosas de las que se puede hacer marketing de la cultura japonesa (aunque se podría decir lo mismo de la música).

Finalmente, decidimos ir a picar algo. Todavía muertos del viaje, nos metemos en un izakaya (taberna japonesa) que encuentro en el maps, listo para practicar japonés. No es tan difícil: cuatro lemon sours (Juako quería probar lo que se convertiría en su go-to drink del viaje) y comimos gyozas y yakitori, unos pinchos de pollo muy buenos y baratos — había uno solamente de piel.

Solo hay otra mesa; es lunes, pero los trabajadores de oficina salen siempre. Nos tomamos tres rondas y ellos estaban ahí desde antes de que llegáramos, y estaban ahí cuando nos fuimos. También es importante notar que en algunos establecimientos se puede fumar. Eloi sonríe.

Decidimos hacer la noche corta por lo cansados que estamos, y finalmente, empezando a registrar que el viaje es real, nos vamos a la cama. Fila de duchas, y cámara de insonorización para mí. Muy buen primer día.

Alarma mental de viaje al despertar: es casi mediodía. Segundo día aquí y ya hemos perdido medio. Nos despertamos con prisa por hacer algo, hasta que nos tranquilizamos mentalmente de que el cuerpo lo pedía. Además, el viaje acaba de empezar.

Nos preparamos para ir al parque Ueno. Yo había oído hablar de la zona, y está a menos de media hora caminando del hotel. Primera visita exprés al konbini para desayunar, primera de muchas, y listos para caminar.

Para llegar al parque, pasamos por una zona bastante concurrida, con muchas tiendas y bares, todas con sus carteles coloridos. Después, atravesamos otra estación gigantesca y nos adentramos en el parque.

El parque es espectacular, muy verde y es hogar de una variedad de museos, entre ellos, el de historia imperial de Tokio. Nos paramos a ver el mapa (Eloi es un gran capitán) y hacemos una ruta mental: vuelta, museo, vuelta, paseo.

Empezamos rodeando un estanque y visitando un templo pequeño, donde donamos con Pol 100 yenes a cambio de una moneda de 5 yenes que se supone que da buena fortuna (“go en” – cinco yenes; “goen” – buena fortuna o destino). Una inversión monetaria negativa pero con espíritu positivo. Después decidimos ir a comer. Pol busca un sushi online y tratamos de ir, pero por fuera no tiene muy buena pinta, y la calle tampoco, así que reculamos y nos metemos en otro (como si faltaran restaurantes). Acabamos comiendo el mejor sushi del viaje. Un plato enorme de nigiris y unos sashimis de alta calidad. Todos los comensales excepto nosotros eran locales, bebiendo cerveza un martes al mediodía. Hay de todo en Tokio.

Ya de vuelta en el parque, envueltos en verde y de gente paseando, el día se disfruta solo. Damos una vuelta a otro templo y vamos al museo de historia de Edo. Dentro nos esperan grabados, pinturas y escrituras; y lo más llamativo: katanas y armaduras de samurai. Dentro también hay un jardín precioso para tomar el té, pero nosotros nos contentamos con mirar a los cuervos. En general, muy buena experiencia. Además, era gratis la entrada justo ese día. La moneda de cinco yenes ya está dándonos buena suerte.

Luego, tomamos un café que Juako ansiaba ya, y vamos hacia Asakusa, a ver un templo enorme. No recuerdo el nombre, pero es muy famoso. Y realmente lo es: está a petar de turistas (nosotros no contamos). Damos una vuelta, vemos unos budas enormes de madera (Eloi se los baja) y nos hacen una foto turista. Muy bonito en general.

Hora de ir a tomar algo y cenar. ¡Qué difícil es escoger en Japón! Hay tanta cosa… Pero realmente, todo está bueno. Acabamos tomando unas cervezas y picando algo en dos sitios distintos. De vuelta al hotel, vemos un templo “callejero”. Una pequeña estructura de piedra con las típicas ofrendas que velan por los vecinos del barrio. Una manera muy bonita de mezclar lo antiguo con lo moderno. Veríamos muchos más en distintos barrios, erigidos donde no te lo esperas.

Al día siguiente, decidimos ir a la estación central de Tokio, donde creemos que habrá cosas interesantes por ver. La estación, otra vez, es inmensa. Al salir, se encuentran los jardines del palacio imperial. Paseamos un rato por ellos, bajo un sol infernal que nos hace debatir si vale la pena. Después intentamos entrar al palacio bajo un prospecto de ver más historia de los samuráis, pero, o no se podía o no lo conseguimos.

Vamos hacia Ginza, un barrio con tiendas de moda y lujo; no es lo que más nos apasiona en el mundo, pero vale la pena callejear. Buscamos un sitio de ramen en internet, pero vemos una cola más larga que el tamaño del restaurante. Con todos los sitios para comer en Tokio, no vemos la necesidad de ponernos a esperar. Haríamos cola para comer solamente una vez en el viaje, y en esa ocasión, habría sillas.

Entramos en un sitio de noodles y, aprovechando el traductor, descubrimos que hay noodles fríos: te los traen con un caldo caliente muy potente para mojarlos. Quiero pensar que la experiencia consiguió mejorar mi habilidad de usar los palillos, gracias a la cantidad de veces que se me cayó un fideo de udon. De los errores se aprende. Estaba muy bueno igual.

Ya con el estómago lleno, decidimos alejarnos del centro en metro — idea recurrente del viaje — y después de un metro que se quedó parado (único en el viaje) y un café con hielo caro (no tan único), vamos en dirección a Nakameguro.

El barrio tiene mucho encanto, aunque el día amenaza con echarse a llover. Paseamos primero por un parque y luego por la orilla de un río, en dirección a unos cerezos que indicaba el Maps. Como la época de florecer ya había concurrido, nos costó entender que todos los árboles a nuestro alrededor eran cerezos, pero con hojas verdes. Siguen siendo bonitos.

Vamos al centro a comer algo. De camino, pasamos por una librería pequeñísima donde me compré un libro aún más pequeño, escrito completamente en japonés, con la esperanza de conseguir leerlo algún día.

Como buenos ciudadanos mediterráneos, buscamos unas cervezas y algo de picar, no una cena completa, así que, aunque nos acabamos sentando en un restaurante exclusivamente de ramen, solo pedimos toppings (aunque sin saberlo), y cervezas. Nosotros estamos contentos; el cocinero, no lo sé.

Después vamos a otro bar, donde comimos el único plato en todo el viaje que no nos gustó: sepia cruda. Tal vez pedimos mal de nuevo.

Tercer bar con optimismo. Al final, el sitio es lo de menos. Pero este bar triunfa, no por la elegancia o por la comida, si no por el ambiente de bar. Las botellas de sake enormes en las neveras, los locales bebiendo y la carta entera en japonés, incluidos los precios. Pedimos lo que parece que es un plato a compartir, en el cual vienen seis “tapas” de las cuales no sabemos lo que son la mitad. Incluso probamos tres tipos de sake. Aunque lo mejor de todo son las 3-7 birras que nos tomamos mientras hacíamos una tierlist completamente subjetiva de las mejores cervezas. Siempre barriendo para casa.

La última parada antes de irnos de Tokio, ya medio contentos, es un bar de cócteles. Bueno, la última será el konbini, pero lo damos por hecho. Tanto video fancy en Instagram nos persuade a ir a tomar un cóctel por el barrio, cerca del hotel. El sitio es muy guay, todo de madera, y disfrutamos de nuestras bebidas hablando de series de televisión. A Juako y a Pol los estafan con un whiskey y un cóctel/postre (pedir “sorpréndeme” no resulta siempre grato), pero como somos un equipo, nos estafan a todos.

Acabamos la última noche en Tokio felices, disfrutando de la ciudad y de nuestra compañía, sorprendidos de lo mucho que nos ha gustado. Ahora a dormir, mañana toca viaje y onsen.

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